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Crítica

17
Jun
2015

Hace ya algunos años que el periodismo agresivo entró en España. Llegó con Caiga quien Caiga, y continuó con el Follonero o Salvados. Puede gustar más o menos en función de las sensibilidades de cada uno, pero ante una sociedad adormecida como la nuestra, creo que es positivo y necesario para agitar conciencias, siempre y cuando, como Ana Pastor, se reparta igual con independencia de la ideología o de quien pague el medio en cuestión.

En el mundo del vino esto, prácticamente, no existe. José Luis Louzán lleva haciéndolo desde hace muchos años en la trinchera, y algo muy serio, aunque en formato fanzine, llamado Rooster Cogburn, parece que ha querido asumir ese papel vacío, y eso es una razón para la esperanza.

La crítica constructiva, ¡pero crítica! debe tender a hacernos mejores.

Nunca olvidaré cuando, en esa línea agresiva, un joven periodista se acercó a Amaia Montero, entonces voz del grupo "La Oreja de Van Gogh", y le preguntó ¿Por qué, y hasta cuando?. Por más que pueda compartir criterio pese a no ser especialmente constructivo, entramos aquí en el capítulo de los gustos musicales, todos respetables excepto el Reaggetón, cuyo autor, quien quiera que sea, podría ser digno merecedor de la pena capital tras un juicio sumarísimo.

Llegados a este punto, quizás haya que hacer autoanálisis y preguntarnos por qué, y hasta cuándo. ¿Por qué ha de existir una serie de plataformas alternativas, como lo son los blogs para hablar de algo tan sencillo y a la vez tan complejo como lo es el vino?. ¿Acaso no era suficiente con las guías, revistas, suplementos y demás publicaciones gastronómicas en las que el vino tenía cierto papel protagonista?





"La mayoría de los niños del momento que nos ocupa, no saben qué es una vid"

Si atendemos a los datos de consumo de vino en nuestro país, es evidente que no. Y es que, en un país como España, que es el mayor productor mundial de vino, el hecho de que el consumo por habitante y año no llegue ni a la mitad de lo que se bebe Francia, que es el siguiente país productor, lo deja bastante claro.

La gente pasa del vino y, mientras el mercado se rasga las vestiduras preguntándose por qué, e inventando campañas absurdas como tintes azules o sangrías de diseño, el mensaje de lo que un día fue esta bebida, se pierde.

Y el tema es grave.

Ya no se trata de que en un par de generaciones nos hayamos olvidado de que el vino es un alimento, que nos liga a la tierra, que como ninguno es capaz de expresar cómo ha sido una cosecha en un territorio determinado, sino que directamente hemos dejado de consumirlo. Diré más, la mayoría de los niños del momento que nos ocupa, no saben qué es una vid.

Esta situación responde a muchos motivos entre los que se encuentra la cultura 3G y de la inmediatez, o la ley del mínimo esfuerzo, y que viene a decir que en igualdad de condiciones escogemos la sencilla. La evolución en este aspecto ha sido salvaje en los últimos años, y se explica fácilmente... ¿Por qué leer un libro cuando puedes leer un post sobre él?, ¿Por qué leer un artículo si el comentario de Facebook ya lo resume por tí?, ¿Por qué leer un post cuando puedes leer un tuit?.

Todo conduce a lo mismo, a quedarnos en la superficie, y en la guerra del mejor envoltorio, el vino tiene casi todas las batallas perdidas de antemano. Los lobbies del refresco de cola, la cerveza o el gin tonic han sabido moverse muy bien en ese fango, creando en serie productos sencillos y directos con los que no hace falta pensar. El disfrute es limitado, envasado al vacío, pero inmediato.





"Si el plan es pegarle un trago y a otra cosa, el fracaso frente a una cerveza industrial helada está garantizado"

Aunque suene derrotista, aquí el vino no tiene nada que hacer porque, precisamente, parte de su deleite se encuentra en el tiempo que podamos dedicarle, porque si el plan es pegarle un trago y a otra cosa, el fracaso frente a una cerveza industrial helada está garantizado.

Debió decirse cuando se pudo que el disfrute pausado que proporciona un buen vino es superior a la mayoría de los placeres fugaces e inmediatos, porque llena el alma y une con la tierra de la que procede. Pero, claro, también debió decirse que esto sólo vale con los vinos buenos, auténticos, verdaderos, y que otros, hechos en serie desdibujando el paisaje conducen a lo contrario. Sin embargo éstos pagaban el medio con su publicidad, y entonces comenzó el declive, así como el consiguiente auge de los comunicadores rebeldes, independientes y deseosos de compartir el mensaje de que otro vino es posible.

Un vino que, como Morfeo exhibiendo la pastilla azul y la roja, ofrece una sola cosa: la verdad. En nuestra mano está ofrecer esa pastilla a quien se deje, por el momento no está previsto que nadie lo haga por nosotros.



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